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martes, 26 de mayo de 2009

GRANDES DESCUBRIDORES
C. G. ROSSEL
De la Sociedad Geográfica
Cuando se haga el recuento de los progresos alcanzados en el conocimiento de la selva
peruana en los últimos años del siglo pasado y comienzos del presente, habrá que adjudicar
a los misioneros dominicos gran parte de las conquistas geográficas logradas en beneficio
de la cultura peruana, pues sólo ellos, cumpliendo una elevada y patriótica misión
apostólica, han podido despejar muchas de las incógnitas que envolvía el estudio de la
montaña, particularmente en la sección del territorio que les está encomendado, y que
comprende las hoyas del Urubamba y del Madre de Dios.
Esa obra de redención social que incorpora al indio a la civilización y lo convierte en
hombre útil para la región y para la patria, continúa realizándose en los momentos actuales
y está, por lo tanto, al alcance de nuestra percepción personal. Los misioneros, los de hoy,
continúan esforzándose, como los de ayer, por penetrar en los secretos del bosque,
escudriñar la extensión del suelo, seguir el curso de sus ríos y catequizar a sus pobladores,
aun a riesgo de los inmensos peligros que entraña una labor semejante, cumplida en forma
silenciosa pero abnegada, y con el corazón puesto a los pies de la religión y del progreso.
Esa labor lleva ya muchísimos años. Para encontrar sus orígenes habría que recordar el
tesonero esfuerzo que estos buenos y pacientes dominicos realizaran en una época en que
no conociéndose las facilidades del avión ni de las embarcaciones modernas y seguras,
acometieron la empresa sorprendente de penetrar hasta lo más recóndito de nuestras selvas
en ligerísimas piraguas, sorteando los mil peligros que ofrece el bosque milenario, sin otras
armas que la Cruz de Cristo y sin otro apoyo que la fe, engrandeciendo los dominios de la
religión, y al servicio de la ciencia y de la cultura, como pocas veces se ha visto en otras
partes del mundo.
Esa lista de abnegados misioneros dominicos ofrece en sitio de honor el nombre de
monseñor Zubieta, por el sensacional descubrimiento que le tocara hacer en 1903, del
verdadero curso del río Paucartambo, en el departamento del Cuzco. El P. Zubieta, en
quien confundíanse el apóstol y el investigador científico, preocupado por el escasísimo
conocimiento que entonces se tenía de esa importante hoya fluvial, quiso investigar y
despejar el misterio que envolvía el curso de dicho río, que, para algunos geógrafos de la
época, era el Camisea, y, para otros, un tributario del Madre de Dios. Ni Raimondi, cuya
permanencia en la selva cuzqueña fue corta, ni otros geógrafos y viajeros que recorrieron el
sudeste del Perú, tuvieron oportunidad de esclarecer dicho enigma geográfico que
continuaba manteniéndose aún en los textos y libros oficiales, hasta comienzo del presente
siglo, como en espera de un espíritu superior que tomara a su cargo tan señalado
descubrimiento. Tan importante rectificación geográfica, permitió corregir a su vez los
mapas peruanos y la cartografía americana. Pero a costa de privaciones sin cuento, de
riesgos infinitos que sólo un dominico de la fortaleza espiritual y moral del P. Zubieta pudo
acometer y realizar con éxito.
Este eminente misionero salió del Cuzco con una pequeña expedición en busca del
Paucartambo cuyo curso siguió superando dificultades hasta desembocar en el Urubamba
en una mañana del histórico año 1903. Tres siglos de misterio acerca del verdadero curso
del río quedaron a los pies de tan ejemplar sacerdote, y el Paucartambo, contrariando lo que
decían libros y textos de geografía peruana, convirtiose, en todas las escuelas, en un
poderoso afluente del Urubamba, por su margen derecha.
La historia de este sensacional descubrimiento que permitió un reconocimiento más exacto
y completo de la hoya del Urubamba, alcanzó las proporciones de un acontecimiento
nacional. La Sociedad Geográfica de Lima, institución consagrada a estimular las
investigaciones geográficas en el Perú, otorgó al P. Zubieta una medalla de oro y autores de
la reputación de Larrabure y Correa, registraron el suceso en páginas imperecederas para
memoria de las generaciones del porvenir.
Dice Larrabure y Correa:
"El P. Zubieta siguió, el año pasado (1903), ese río hasta su desembocadura en el
Urubamba, donde es conocido con el nombre de Yavero. Además de esa expedición, que ha
despejado uno de los puntos obscuros más discutidos de nuestra geografía oriental, el P.
Zubieta ha recorrido algunos de los ríos que forman el alto Madre de Dios, donde ha
fundado la misión de Ccosñipata; ha visitado el río Inambari, proyectando fundar en sus
inmediaciones una nueva misión, y trabaja activamente en el establecimiento de una línea
telefónica de la ciudad de Paucartambo a Ccosñipata y otra telegráfica de la misma ciudad
al Cuzco".
Conociéndose mejor el curso de nuestros grandes ríos, pudo mejorarse igualmente la
administración pública, en tan apartadas zonas del territorio peruano, y estimularse el
desarrollo de los trabajos forestales a lo largo del Paucartambo, y aún vincular esta zona,
densamente poblada en sus partes altas, con la cuenca del Ucayali. Fue, por otro lado el
punto de partida de más arriesgados viajes de los misioneros dominicos que, impulsados
por la actitud ejemplar del P. Zubieta, se consagraron a proseguir la senda de los
descubrimientos geográficos, buscando nuevas rutas hacia la selva y nuevos campos de
acción para su labor apostólica. Estos viajes permitieron contar con interesantísimas
descripciones de los ríos y comarcas visitadas, croquis y planos de numerosos ríos que
llevan sus aguas al Manu, al Piedras, al Inambari, al Tambopata y al Madre de Dios; y
anotaciones acerca de la flora, fauna, recursos alimenticios, comercio, y sobre todo de las
tribus indígenas que moran en el interior de la selva. Aunque esta contribución geográfica
no es definitiva, porque el misionero sólo anota lo que ve, sin el aporte de instrumentos de
precisión, y sin el aporte de la ciencia en sí, sus contribuciones revisten una importancia
excepcional, por tratarse de materiales de primera mano, de nuevas experiencias al contacto
del bosque y de la floresta, de observaciones directas e inmediatas que si bien pueden
completarse y posiblemente rectificarse o corregirse más tarde, hoy es lo único que
se tiene de la selva, y lo más valioso, no sólo por su contenido intrínseco de datos y cifras,
sino por los sacrificios sin cuento que han debido soportar los misioneros dominicos para
poder allegarlos en cada uno de sus viajes de exploración y de estudio.
Preferentemente, los misioneros se han dedicado al estudio de los pequeños afluentes que
desaguan en dichos ríos, los que por no haber sido traficados por los caucheros, en la época
del auge de las gomas, permanecieron desconocidos y hasta ignorados para la geografía de
comienzos del siglo XX. Sabemos que todo el movimiento cauchero siguió el curso de los
grandes ríos: el Urubamba, el Amazonas, el Ucayali, el Piedras, el Inambari, el propio
Madre de Dios. De estos grandes cursos de agua se ha tenido siempre conocimientos más o
menos completos. Pero en cambio, la geografía nacional, guardaba en blanco las páginas
correspondientes a tan pequeños como poco estudiados afluentes. Era una tarea que parecía
dejada a propósito, al paciente espíritu investigador de los misioneros, que la acometieron
con fe, y sobre todo con patriotismo, aun cuando en su mayoría fueran españoles. Y sólo así
fue posible acopiar datos sobre el Sinkibenia, el Carbón, el Piñipiñi, partiendo en estas
expediciones desde el Pantiacolla, de los subafluentes del Piedras, del Tambopata, de La
Torre, del Purús y de toda la cuenca del Tahuamanu. Estos estudios tuvieron como centro
de partida la misión de Maldonado. Otras expediciones, que arrancaron del Lago Valencia,
exploraron los afluentes del Alto Tambopata, el río Palma Real, el Heat y Pariamanu, y los
del Inambari surcando el Colorado; o de la misión de Chirumbia, pudiendo alcanzar el
pongo de Mainique, bajando el Urubamba; así como confluencia del Tambo, saliendo de
Koribeni.
Gracias a tan eminentes misioneros hoy tenemos datos de los ríos y de las tribus,
conocemos a los mashcos, a los machiguengas, a través de pacientes vocabularios y relatos
de etnografía y ciencia social, tan completos y precisos como es posible. Muchas de estas
tribus tuvieron su primer contacto con la civilización mediante la obra misional de los
dominicos. Hoy, sus posibilidades de cultura y de trabajo son mayores que antes en virtud
de la labor esforzada y meritoria de los dominicos. Estos han roto el muro de
incomprensión y de ignorancia en uno y otro sentido. Esta sola labor, de ganar para la vida
civilizada cientos de familias indígenas, representa una contribución valiosísima al servicio
de la Patria. Pero, para realizarse, no se ha tomado en cuenta el sacrificio personal de los
misioneros. Los que han caído en esta brega cristiana son numerosos. Es con sangre y dolor
de misioneros cómo la selva ha entregado gran parte de sus secretos. Y la tarea no ha
terminado. Allí están los Padres José Álvarez, Gerardo Fernández, Ángel Santos, Andrés
Ferrero, Francisco Álvarez, Antonio Martín y otros muchos misioneros, jóvenes y maduros,
que siguen la ruta de los que ya partieron para la eternidad.
Quien esto escribe tuvo ocasión de tratar de cerca a otro tan digno y abnegado como los
anteriores: el P. Aza, espíritu superior por sus cualidades morales y cien por cien misionero,
cuya vida, por entero, estuvo consagrada al bien de los demás y que, materialmente,
envejeció con la cruz en la mano y entre sus amados salvajes. La contribución del P. Aza, a
la geografía del Madre de Dios, es invalorable. A él se le debe el primer mapa general de
la región, fruto de sus viajes, de sus penalidades, de sus sacrificios. Le escuché varias
conferencias que me dieron la medida de sus extraordinarias condiciones personales. Padre
leal y sabio. Naturalmente no es único en la Orden ni en el Madre de Dios y el Urubamba.
Cualquiera de sus compañeros, aun el más humilde, posee el mismo ánimo esforzado para
emprender grandes y perdurables hazañas en bien de la religión y de la cultura.

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